Para reflexionar

Los delirios de grandeza de Jim Jones

Estoy hojeando, en estos últimos días, un libro llamado ‘Desafío a Servir’ de Charles R. Swindoll. En el capítulo 10 de dicho libro (Los peligros de un siervo) el autor se refiere a la terrible  tragedia de Jonestown. Nunca en la vida había oído hablar de este caso, ni de Jim Jones, el tristemente célebre protagonista de este asunto; así que me dispuse a investigar, y este post es el resultado de mi curiosidad.

James Warren Jones nació el 13 de mayo de 1931 en Indiana, EEUU. Jones es famoso por instar y provocar a un suicidio colectivo a sus seguidores, todos miembros de la secta denominada: “Peoples Temple” (Templo del Pueblo). Desde temprano Jones se sintió siempre atraído hacia el comunismo,  a pesar de haber profesar la fe cristiana. Estudió para convertirse en pastor, objetivo que logro cumplir al fundar una ‘congregación’ afiliada a los pentecostales… ¿el nombre de ésta?: “Templo del Pueblo”. Este pseudo pastor predicaba un mensaje que combinaba filosofías comunistas y cristianas.

Jim Jones fue un importante activista en contra del racismo, también estaba al frente de obras y proyectos altruistas en favor de gente sin hogar y drogadictos. Hasta aquí todo bien, salvo el inconveniente con su inclinación comunista, que originaría conflictos y roces con otras denominaciones cristianas. En algún momento de esas pugnas interdenominacionales Jones llegó incluso a rechazar la Biblia como fundamento básico del cristianismo, autoproclamándose como una divinidad semejante a Jesucristo. Para ese entonces ya contaba con un pequeño grupo de seguidores, alrededor de unas 140 personas. Es importantísimo recalcar que Jones era un tipo autoritario, así que, como es de suponerse, ejercía ese poder con los seguidores de su secta. Tenía tal poder sobre sus feligreses, que un día de 1965 ordenó a su membresía a realizar un traslado a California, donde fundarían una comunidad aislada de la sociedad.

La elección de California le resultó improductiva ya que le costaba demasiado trabajo lograr nuevos adeptos, por lo que decidieron cambiar la órden, y mudarse a San Francisco, donde establecieron su cede principal. Poco a poco Jones fue ganándose un lugar en la ciudad, al tiempo que su fama se acrecentaba por las ‘curaciones asombrosas’ que realizaba durante los servicios que presidia. Su congregación era conocida por la severa disciplina que impartía Jones, fruto de su fascinación por el comunismo. Nuevamente esta adhesión le trajo nuevos inconveniente. Se rumoraba que en “Templo del Pueblo” se realizaban explotaciones, abusos, golpizas e inclusive amenazas a todo aquel que pretendiese abandonar la secta. Debido a la acumulación de denuncias en su contra, Jones tomó nuevamente la decisión de mudarse… esta vez el destino fue Guyana. Naturalmente fue seguido por todas sus ‘ovejas’, 900 almas dispuestas a permanecer al lado de su líder a ‘cualquier costo’.

El territorio selvático de Guyana no fue elegido al azar, Jones sabía que en ese país se habla el inglés, esto facilitaría su adaptación; además la población local era en su mayoría de raza negra, factor importante ya que en el grupo de seguidores que venía de EEUU habían muchas personas negras; así se evitaría cualquier problema de discriminación, tan comunes en esos tiempos. Otro factor, no menos importante, que influyó en la elección fue la corriente socialista que imperaba en el país, factor que haría más sencillo la propagación de la enseñanza comunista-cristiana de Jones.

Recién llegados a territorio guyanés, Jim Jones se hizo con un territorio, previa negociación con el gobierno local, donde edificó su ‘paraíso idílico’. Así nació Jonestown (en honor a… ¿a quién más eh?), un asentamiento alejado de la sociedad capitalista, donde vivirían los más de 900 feligreses. Para ese tiempo las enseñanzas de Jones comenzaron a generar una sensación de un próximo ‘fin del mundo’. Para los creyentes del “Templo del Pueblo” el Apocalipsis se encontraba a la vuelta de la esquina, y el capitalismo occidental era la mismísima ‘encarnación’ del Anticristo.

A raíz de las continuas denuncias, reforzadas por los testimonios de algunos disidentes, el congresista ‘americano’, Leo Ryan, viajó a Jonestown, con el fin de comprobar la veracidad de las denuncias, y también para cerciorarse que nadie esté retenido allí contra su voluntad. Las denuncias iban desde abusos sexuales de mujeres por parte de Jones, golpizas a los descontentos, explotación laboral, torturas, etc. En un principio se hicieron algunos intentos para evitar esta visita, pero era muy difícil de lograrlo. Como ‘plan B’, Jones optó por organizar una fiesta de bienvenida, para dar una impresión de armonía y paz en la comunidad. El congresista fue entonces recibido en medio de aplausos, sin embargo el ambiente se enrareció al día siguiente, dando a conocer la verdadera situación.

Algunos cuantos decidieron abandonar Jonestown juntamente con el congresista. Mientras los disidentes abordaban el avión en la pista de aterrizaje junto a Ryan, unos hombres abrieron fuego a la orden de un paranoico Jim Jones. Se sabe que Leo Ryan  habría sido apuñalado por uno de los miembros de la secta, y otras 5 personas fueron muertas a causa de los disparos recibidos. Los desertores tuvieron que retornar a la comunidad. Ese mismo día, 18 de noviembre, Jones reunió a sus hombres de confianza, que coadyuvaban a liderar la congregación, y advirtió que las fuerzas del fascismo intentarían destruir su comunidad, como consecuencia del asesinato de Ryan. Por esta razón ordeno  un suicidio colectivo  de todos los presentes en Jonestown. Jones pregonaba que “la muerte sólo era el tránsito a otro nivel” y que “esto no es un suicidio, sino un acto revolucionario”. Para el suicidio masivo se usó  limonada mezclada con cianuro, y casi todos en la comunidad la bebieron.

Algún tiempo después Jones fue hallado muerto con una herida de bala en la cabeza, se especula que le habría pedido a alguien que le disparase en el momento de la histeria colectiva. Juntamente con él estaban 909 cadáveres de hombres, mujeres, ancianos, jóvenes, niños y bebes; todos muertos por el delirio de grandeza un hombre que quiso elevarse al nivel de una divinidad.

Personas como Jim Jones me recuerdan inevitablemente a aquellos hombres (porque en lo general son varones) que andan por la vida diciendo que son una la nueva y perfeccionada reencarnación de Jesús; o que creen ser los únicos ungidos del Altísimo, que andan por la vida sintiendo cosas de parte de Dios; o lo que está más de moda hoy en día: aquellos que se pasan la vida poniéndole fecha al Apocalipsis.

Existe un hecho innegable en gente que comparte características y rasgos con Jones: EL PELIGRO DE LA AUTORIDAD ILIMITADA.

En vez de ser un siervo de Dios y del pueblo, en vez de ser modelo de humildad, de docilidad y de altruismo, Jim Jones se convirtió en un carapacho de autoritarismo, sensualidad e irresponsabilidad… cayendo en un intocable absolutismo, preso en las garras de sus propios deseos apasionados y de su orgullo. *1

Después de leer este capítulo del libro fue que se me ocurrió escribir en el estatus de Facebook:

La gente juzga las acciones, pero Dios va más allá. ÉL no solo juzga nuestras acciones, más importante aún: JUZGA NUESTRAS MOTIVACIONES.

Escribí eso ya que mucha gente, sin llegar a ser igual de loca que Jones, cree que Dios le está dando órdenes específicas, que nada tienen que ver con la doctrina bíblica. Muchos, la mayoría,  en su  inocencia  e ignorancia propias de su madurez, y otras como Jones… cuyas motivaciones son claramente dudosas.

En la vida, antes de hacer CUALQUIER cosa, uno debe hacerse algunas preguntas, para identificar nuestras verdaderas intenciones que tenemos en el corazón:

¿Por qué estás haciendo este plan?

¿Qué razón respalda esto que haces?

¿Por qué dijiste que sí (o que no)?

¿Por qué te entusiasma esta oportunidad?

¿Qué es lo que provoca a que saques a la luz pública este tema?

¿Por qué mencionaste el nombre de esa persona?

¿Qué motivos tienes?

Generalmente somos ciegos a nuestras propias intenciones y motivaciones, a propósito o sin darnos cuenta de ello, como medio de encubrir y justificar nuestros malos pensamientos y acciones.

*1 Cita del libro ‘Desafío a Servir’ de Charles R. Swindoll.

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