Para reflexionar

La vieja excusa de esperar la voluntad de Dios

En Facebook, en la página de Dante Gebel, se publicó una nota (del libro Destinado al Éxito) muy interesante, acerca de la voluntad de Dios:

Conozco a un amigo que tiene todas las cualidades y aptitudes para hacer algo en realidad grande con su vida para el reino de Dios. Mirándolo desde afuera, puedo darme cuenta de lo que podría alcanzar con todo el talento y el potencial que posee. No obstante, cada vez que nos vemos me dice lo mismo desde hace años: «Estoy esperando la confirmación de que estoy en la perfecta voluntad de Dios».
Mientras algunos seguimos avanzado, él siempre permanece en el mismo sitio. Los años van pasando para ambos, sin embargo, mi amigo continúa pedaleando en una bicicleta fija.


Desde hace un tiempo, he tenido la necesidad de hablar en cada una de mis conferencias acerca de toda la falacia que se ha generado en derredor de lo que llamamos «la voluntad de Dios». Por supuesto, yo creo en ella y estoy convencido de que no podemos hacer nada fuera de los designios de Dios, pero es preocupante ver a tantos miles que se quedan varados en alguna estación de la vida porque están esperando que la voluntad de Dios los alcance. Como consecuencia, nunca llegan a su destino.

La Biblia es nuestro manual espiritual, y allí podemos ver de manera clara cómo manejarnos en la vida y qué podemos esperar de nuestro futuro. Así que cuando nos dedicamos con ahínco a descubrir nuestro destino y nuestro propósito en la vida, no estamos haciendo otra cosa que descubriendo la voluntad de Dios para nosotros. Por eso recalco que el destino no es aquello que alguien puede forjarse o inventarse, sino lo que una persona logra descubrir. Un descubrimiento es algo que ya existía, solo que un buen día damos con ello.
La mayoría de las personas no logran descubrir la razón por la cual Dios quiso que nacieran, y por lo tanto, nunca logran estar en el centro de la voluntad de Dios. Hasta aquí no hay discusión. La voluntad de Dios es tu destino y viceversa, y nos toca a nosotros encontrarlo y seguirlo hasta el fin de nuestros días.

El problema surge cuando mistificamos nuestro caminar diario a un punto tal que queremos pasar por ese mismo tamiz las decisiones que no admiten discusión y, en ocasiones, ni siquiera oración. Así es, lo escribiré de nuevo: algunas cosas ni siquiera admiten oración (sé que esto último puede sonarte fuerte, pero antes de despedazar este libro y quemarlo en una hoguera, permíteme seguir avanzando). Por ejemplo, todos sabemos que debemos alimentarnos a diario, bañarnos y respirar. Sin embargo, a nadie se le ocurriría pensar cada mañana: «No sé si sea la voluntad de Dios que hoy me bañe, desayune y respire, no haré ninguna de las tres cosas a menos que Dios me lo confirme».

Mis hijos saben que mientras vivan con nosotros y sean menores de edad, deberán cumplir ciertas normas de la casa. Si ellos quieren quedarse mirando televisión más allá de la hora estipulada, deben preguntarnos. Lo mismo ocurre si van a salir a algún sitio o piensan hacer algo fuera de lo habitual. No obstante, a ninguno de ellos se le ocurriría preguntarme si es mi voluntad que durante la semana vayan al colegio. O si es mi deseo que desayunen esa mañana o no me ofende que vayan al baño cuando tengas ganas de hacerlo. Todos sabemos qué hacer al levantarnos sin la necesidad de preguntarle a alguien más. Sin embargo, conozco a mucha gente que tienen tal temor de hacer algo incorrecto y fuera de lo que ellos creen que es «la voluntad de Dios», que ni siquiera hacen lo que se supone que les corresponde hacer.

Una vez despedimos a un empleado de nuestra compañía por razones de incompatibilidad con lo que nosotros estábamos necesitando. De pronto nuestra productora accedió a otros niveles de compromiso y responsabilidad, y consideramos que este muchacho no estaba a la altura de las circunstancias. Luego de varios meses de haberse ido, nos enteramos de que aún continuaba sin trabajo. Nos sorprendimos bastante, ya que no dudábamos de su capacidad, pero luego hablamos con su esposa y nos comentó que hacía siete meses que él no tenía empleo porque se levantaba todas las mañanas a orar para que Dios le mostrara «cuál era la compañía que estaba en el centro de su voluntad», así que hasta que el Señor no se lo dijera no se iba a mover de la casa, pues no quería equivocarse. La cosa es que las deudas casi acaban con su hogar y su matrimonio. Él creía que a causa de su oración, Dios enviaría a algún empresario o dueño de compañía a golpear la puerta de su casa y decirle: «No sé quién eres, pero Dios me dijo que te contratara». Por supuesto, eso nunca ocurrió, y al final, lleno de frustración, tuvo que trabajar en cualquier cosa diferente a su profesión para tratar de aliviar algunas de sus deudas. Y es que no podemos pensar que debemos preguntarle a Dios si tenemos que salir a buscar empleo o quedarnos en casa hasta que llegue.

Comprendo que vivimos en un mundo globalizado, pero confieso que me enerva ver a algunos jóvenes que no tienen empleo desde hace meses, los cuales, cuando les pregunto qué están haciendo al respecto, me responden: «Ya mandé mi hoja de vida por la Internet a varias empresas, ahora solo me resta orar y esperar en el Señor a que alguien me llame». Déjame decirte que a menos que seas Robert De Niro y estés esperando que un director de Hollywood te envíe el guión de su próxima película, las posibilidades de que alguien te llame son una en miles. Comprendo que en la actualidad eso es lo que se estila, y que también es bueno orar, pero recuerda que Dios bendice al que se esfuerza. Cuando era más joven, siempre que iba a buscar empleo sabía que un papel no podía reflejar lo que yo era o hablar por mí. Sabía que la gracia y el favor de Dios estaban sobre mi persona, no sobre mi hoja de vida. No ignoraba que un buen currículum podía ser un buen complemento, pero sin importar si era el número cien en la lista de candidatos, siempre decía: «Solo necesito cinco minutos con el jefe de la compañía y sé que me contratará». Mi lema era: «El favor de Dios está conmigo, así que cuando me vea y me escuche, sentirá la necesidad de contratarme». Oraba la noche anterior, me levantaba a las cuatro de la madrugada, compraba el periódico para ver los ofrecimientos de empleo, y estaba formado allí afuera poco antes de las cinco, antes de que amaneciera.

Así ha sucedido con todo lo que hemos emprendido a lo largo de nuestra vida. Cuando enviábamos una solicitud para rentar algún estadio o comisionaba a algún asistente para que llevara a cabo la tarea, las respuestas solían ser vagas o negativas. No obstante, cuando me decidía a ir en persona, bastaban cinco o diez minutos para que obtuviéramos lo que queríamos. Esto es resultado de tener el favor de Dios sobre nuestra vida. Lo mismo nos ha sucedido cuando he tenido que reunir miles de dólares para un proyecto, solicitar un préstamo o buscar el apoyo de alguien para una nueva visión. Lo que intento decir es que no nos encerrábamos a orar para que Dios enviara la provisión. Más bien orábamos y luego salíamos a buscarla. Conozco personas que se deprimen porque cuando van a una entrevista de trabajo, hay varias más antes que ellas o sienten que no reúnen las condiciones que están solicitando. Por lo tanto, se rinden sin siquiera haberlo intentado.


Hace poco, mi hijo Brian estaba muy emocionado con la idea de ser admitido en un colegio cristiano muy prestigioso de los Estados Unidos, donde vivimos desde hace un tiempo. Llenamos las solicitudes y le dieron una fecha para el examen. Me consta que se preparó lo suficiente, estudió y se esforzó bastante, pero el cambio de país, sumado al nerviosismo por no manejar el inglés a la perfección, le jugaron una mala pasada y la calificación del examen resultó insuficiente. Por lo tanto, nos comunicaron que Brian estaba afuera, que debíamos considerar otras posibilidades en algún otro colegio.

Aunque no había más nada que hacer (cuando un estadounidense te dice que no calificaste no admite la menor discusión), mi esposa sentía que no debíamos darnos por vencidos, sino que más bien debíamos solicitar una reunión con el principal del colegio. Al principio me resistí bastante, explicándole que no sabría qué decirle. No obstante, ella me recordaba las veces que nos habían negado algo hasta que pedía una entrevista y todo cambiaba de forma radical. Por último me convenció y, por intermedio de una amiga en común, logramos que el principal me recibiera durante algunos minutos.

— Gracias por venir, señor Gebel —me dijo el hombre muy amable, aunque un tanto apurado, recibiéndome con un café en la cafetería del predio—. Le explicaré las razones por las cuales su hijo no podrá ingresar a este colegio.

Esa no era un buena manera de comenzar, las razones ya las conocía, pero el hombre parecía ir al grano de manera práctica. Acto seguido intentó abrir una carpeta que contenía el examen de Brian. De inmediato alcé mi mano por encima de la mesa y la cerré con delicadeza.

— No tiene que mostrarme nada —le dije—. Sería una torpeza de mi parte venir a discutir de un tema académico con usted, no puedo refutarle nada de lo que ya está escrito. Solo quiero que me escuche por los siguientes cinco minutos, luego me iré y no le robaré más de su valioso tiempo.

— De acuerdo —respondió—, pero sucede que no podemos obviar el tema del examen.

— Claro que podemos. Mi hijo ha culminado el colegio anterior con las mejores calificaciones, así que no dudo de su inteligencia. Solo quiero decirle que Brian ama este colegio desde que se enteró de que existía, y nosotros como padres y ministros sabemos que no hay nada mejor para su educación que un colegio con valores cristianos como este, ya que siempre creímos que nuestros hijos merecen lo mejor. Solo necesito saber quién es el responsable, la persona que decidió que Brian no ha calificado.

— No es una persona, amigo. Es el examen el que lo decide.

— Usted sabe que un papel no tiene la capacidad de decidir nada. Le estoy preguntando acerca de la persona que consideró el examen y luego decidió que mi hijo no estaba calificado.

— Es que no existe una persona, somos varios en realidad, se trata de toda una comisión.

— Aun así, en toda comisión o compañía, por grande que sea, existe una persona que toma la decisión final, y necesito saber su nombre. Alguien como el centurión que fue a hablar con Jesús, el cual mencionó que solo bastaba su palabra para que su gente lo obedeciera. Si acaso no es usted, quizás esté hablando con la persona incorrecta y deba reunirme con su superior.

— Bueno— dijo el hombre un tanto confuso—, digamos que de algún modo, al ver los resultados del examen, soy yo el que no puede permitir que su hijo ingrese.

— Muy bien, entonces solo necesito saber su nombre para que cuando esta noche vaya a la presencia del Señor, pueda decirle que usted fue el que le impidió a Brian ingresar aquí. De ese modo, yo estaré tranquilo al saber que hice todo lo posible, mientras que usted será el responsable de la decisión de dejarlo fuera.

— Mire, mi estimado amigo, ¿por qué no vemos juntos el examen?

— Porque ese examen no muestra lo que Brian es, ni tampoco su capacidad. Yo no pude terminar el colegio secundario, no tengo doctorados, nunca fui a la universidad, sin embargo, no creería todo lo que he hecho en estos años, los libros que he escrito y a cuántas personas les he hablado. Solo le ruego que si su decisión es indeclinable, me permita presentarle su nombre a Dios y hacerlo responsable del futuro académico de mi hijo en los Estados Unidos. Quizás usted tenga razón, o tal vez esté equivocado al tomar esta decisión. Lo cierto es que quiero quedarme tranquilo ante el Señor, sabiendo que en este caso, tanto Brian como sus padres hemos hecho nuestro mejor esfuerzo.

— Esto es bastante inusual —señalo este hombre mirando a su asistente—, déme hasta esta tarde y le daré una respuesta.

Salí de aquella reunión, llamé a mi esposa por teléfono, y le expliqué:

— Acabo de hablar con el principal, no sé muy bien todo lo que dije, pero quizás me pasé de la línea. Él solo dio por terminada la reunión de manera abrupta, así que no sé qué sucederá ahora. Solo dependemos de que Dios toque el corazón de este hombre.

Quince minutos más tarde, llamaron por teléfono a nuestra casa y nos dijeron que Brian pertenecía al colegio y debíamos comprarle su uniforme.

El favor de Dios sobre nuestras vidas había logrado lo imposible. Si nos hubiéramos quedado con la primera respuesta, nuestro hijo se habría sentido frustrado al pensar que Dios le había cerrado las puertas o que no estaba lo suficiente capacitado. De más está decir que ese año obtuvo excelentes calificaciones, las cuales sorprendieron a sus profesores y compañeros.


Lo que suele suceder es que preferimos vivir la «era Moisés», así que proclamamos entonces frases que suenan muy espirituales, tales como: «Yo solo me muevo si la nube de Dios se mueve», o «No hago nada sin preguntarle a Dios». Sin embargo, nos olvidamos de que el pueblo que seguía a Moisés pereció dando vueltas en el desierto debido a su incredulidad y su terquedad. Dios no mantuvo a Israel en el desierto, ellos mantuvieron a Dios allí.
No nos gusta tanto imitar a los que seguían a Josué, aunque la frase «esfuérzate y se valiente» se menciona en muchas más ocasiones que la expresión «y siguieron la nube», la cual hacía referencia a los que iban con Moisés
La diferencia radica en que aquellos que seguían a Moisés tenían mente de turistas, mientras que los que seguían a Josué tenían mente de soldados.

Los primeros salían de sus tiendas a buscar el maná del cielo.
Los segundos sembraban y cosechaban.
Los primeros esperaban que Dios ahogara a los egipcios que venían detrás.
Los segundos iban a conquistar la tierra que tenían por delante.
Los que seguían a Moisés vivían de los regalos de la gracia.
Los que seguían a Josué de las recompensas a causa del esfuerzo y el trabajo duro.

«Tal como le prometí a Moisés, yo les entregaré a ustedes todo lugar que toquen sus pies» (Josué 1:3). Piénsalo bien: ¿Quién decide la cantidad de bendiciones para tu vida? ¿Dios o tu pie? El subconsciente nos dice que Dios decide lo que debemos poseer, pero aun cuando él quiere lo mejor para ti, no podrá darte nada si tu pie no está allí. Tú determinas la cantidad de bendiciones que deseas poseer. Y es más, préstale atención a lo que te indica el Señor: «Ya te lo he ordenado: ¡Sé fuerte y valiente! ¡No tengas miedo ni te desanimes! Porque el SEÑOR tu Dios te acompañará dondequiera que vayas» (v. 9). Es decir, que si te esfuerzas, él te acompaña. En este caso, no se trata del hombre siguiendo a Dios. Se trata de Dios siguiendo al hombre, acompañándolo a donde vaya. ¡Josué y compañía, no habrá nubes para ustedes! Se acabó el maná cada mañana. Esfuércense, sean valientes, solo avancen, que Dios los acompaña.


Conozco personas que no pueden tomar decisiones que podrían ser trascendentes para su vida y su futuro, pues viven amarradas a lo que llaman «la voluntad de Dios» cuando en realidad lo que están es ocultando su temor a arriesgarse.

Una vez alguien me dijo que quería animarse a hacer un gran evento para predicarles a los jóvenes de su ciudad, pero que como dudaba tanto, le había pedido algunas «pruebas» al Señor. Que si se daban esas condiciones, entonces ya no habría dudas y emprendería la tarea con tranquilidad. Entre las «pruebas» que le pidió al Señor estaban tener todo el dinero por adelantado, obtener el apoyo de todas las iglesias de su ciudad, y que le dieran el estadio gratis. No pude más que reírme a carcajadas ante el asombrado muchacho. Quería bajarse de la barca para caminar sobre las aguas, pero antes necesitaba garantías. Si se tratara de ponerle «pruebas» a Dios, sería muy fácil servirle y arriesgarse a cualquier cosa. De más está decir que este joven nunca logró nada, y con seguridad pasará sus días esperando el momento ideal hasta que le toque partir de esta tierra.

También me ha tocado conocer a personas que disfrazan su miedo con la frase: «A mí me gusta hacer las cosas con excelencia». Son individuos que dicen ser perfeccionistas, pero en realidad nunca hacen nada, ni mediocre ni excelente. Casualmente suelen ser los que critican a los que sí se arriesgan, opinando cómo lo harían ellos de estar en sus lugares.

Una popular predicadora del siglo pasado solía decir: «Dios hace mucho más con una pinza oxidada que esté dispuesta a trabajar que con una caja de herramientas que no quiere esforzarse». Las personas que esperan el momento ideal, el sitio oportuno y la fecha exacta, nunca han hecho nada productivo. Son como el individuo que dice que servirá a Dios de mejor manera una vez que abandone ese empleo que le consume tanto tiempo. O el que afirma que será más efectivo cuando cambie de congregación… el año entrante… cuando se case… el día que sus hijos crezcan… el próximo verano… una vez que le den las credenciales de ministro… al terminar sus estudios… o cuando tenga todo el dinero. «Quien vigila al viento, no siembra; quien contempla las nubes, no cosecha», dice Eclesiastés 11:4. Es muy probable que aquellos que esperan el clima ideal para sembrar nunca tengan nada que segar.

Todavía recuerdo la primera vez que alguien me dio la oportunidad de hablar en una conferencia. Era apenas un inexperto de veinte años, pero no permití que mi falta de experiencia me limitara. Me pidieron que predicara y no puedo desaprovechar esta oportunidad, pues quizás nunca nadie me lo vuelva a pedir en el futuro, pensaba. Así que, con mucho temor y temblor en las piernas, traté de decir algo coherente. Creo que de los nervios subí a Moisés al arca, senté a Noé frente a la zarza, puse a Gedeón entre los discípulos de Jesús, confundí a Elías con Eliseo, e hice que un gran pez se tragara a Josué. Aquel público aún debe recordar aquel hilarante y confuso mensaje. Sin embargo, y gracias a que me arriesgué a aceptar el reto, desde aquel día no me he detenido en veinte años.

Dios le dijo a Saúl a través del profeta Samuel: «Cuando se cumplan estas señales que has recibido, podrás hacer todo lo que está a tu alcance, pues Dios estará contigo» (1 Samuel 10:7). Una versión más antigua dice: «Haz lo que te viniere a la mano» (RVR-60). Esto no significa que hagas cualquier cosa fuera de los designios de Dios. Lo que trato de decir es que el Señor nos ha dado órdenes claras y precisas. «Vayan y prediquen el evangelio». Punto. Cuando te encuentres ante alguien que necesita ser salvado, lo más lógico es que no tengas que decir: «Señor, revélame si es tu voluntad que deba predicarle». O lo que es más patético: «Si es tu voluntad, Dios, dame una señal, haz que esta persona me pregunte acerca de mi religión».

Lo mismo sucede con el pago de nuestros diezmos o el hecho de congregarnos. No tenemos que preguntarle a Dios cada vez si debemos hacerlo. Si quieres un empleo, deberás buscarlo. Ora todo lo que quieras la noche anterior, pero levántate temprano y ve por él, pues Dios no te lo traerá a casa. Algo similar les sucede a nuestros jóvenes con respecto a su pareja. Están enamorados hasta la médula, saben que son correspondidos, pero no se atreven a hablarle a la otra persona porque están esperando «la voluntad de Dios».

Mi esposa y yo conocimos a una muchacha que desde muy joven decía que ella no se molestaba en buscar un esposo, pues sabía que «Dios tenía guardado un hombre para ella». La cosa es que los años pasaron y el hombre nunca apareció, por lo que esta mujer ha continuado soltera hasta casi el fin de sus días. Hoy afirma que «está casada con Jesucristo», pero creo que lo dice más por resignación que por convicción real. La Biblia jamás menciona que Dios tenga guardado un novio o una novia para alguien. Aunque te cueste creerlo, Dios no se dedica a «guardar» a alguna persona para que sea tu cónyuge algún día. Si eres soltero, tienes un trabajo arduo que hacer. Debes orar para no equivocarte en la elección, debes seguir ciertas normas (no unirte en yugo desigual, compartir el mismo llamado, que si hay una diferencia de edad sea dentro del sentido común, y cosas por el estilo), pero eres tú el que debe tomar la iniciativa o lo más probable es que te quedes solo.

Hace unos años, mientras estábamos cenando en un restaurante de San Nicolás, una ciudad de Buenos Aires, un joven amigo de unos treinta años que servía mucho al Señor me confesó:

— Dante, ora por mis sentimientos. Estoy enamorado de una joven de la iglesia desde hace casi diez años. Parece que yo también le gusto, pero no quiero hablarle hasta estar seguro de que es la voluntad de Dios. ¿Está bien?

— ¡Claro que no! —le respondí—. Lo más probable es que ella se case con otro que no sea tan cobarde como tú. ¡No puedo creer que la hayas tenido esperando desde hace diez años!

El hombre no lo podía creer. Pensaba que yo lo felicitaría por su espiritualidad y su prudencia, sin embargo, le dije que si no hacía algo pronto, era muy probable que la perdiera. Y no solo eso, lo amenacé con que dejaríamos de ser amigos si no le hablaba en los próximos días. Así que salió de allí, juntó valor, y le declaró su amor a la muchacha. Al poco tiempo le propuso matrimonio, se casaron, formaron una hermosa familia, y hoy somos grandes amigos. Cada vez que nos encontramos, resulta imposible no recordar aquella cena en que se despojó de sus temores y fue en busca de su felicidad.

– «Gracias a tu amenaza hoy somos muy felices», me suele agradecer su esposa. No obstante, lo cierto es que no puedo amenazar a todo el mundo.

Siempre pongo el ejemplo de que Liliana se habría casado con otro hombre si no hubiera sido porque me acerqué, intenté caerle simpático, le envié cartas y flores, hice amigos en común… y hasta llegué a decirle que amaba a su madre (eso sí que es una exageración, pero valía la pena el esfuerzo). Es obvio que oré con relación al asunto, pero no me senté a esperar diciendo: «Si ella es para mí, nadie me la quitará». Por supuesto que me la hubieran quitado, por eso me sujeté a las normas de Dios y peleé por la mujer que amaba y amo hasta el día de hoy, además de ser la madre de mis hijos.

Lo mismo sucede con el ministerio. Si no eres emprendedor, te arriesgas, te endeudas y te enfrentas a tus temores, lo más probable es que nunca hagas nada que amerite el que Dios mismo te haya llamado. Ante un nuevo desafío, solo debes preguntarte si este ayuda a cumplir el propósito por el cual has nacido.

Durante el año 2007, estaba conduciendo un programa nocturno en un canal de televisión de Argentina con el formato de un late night show estadounidense. Dios permitió que un canal secular me convocara para tener un espacio en el horario estelar, y aunque se trataba de un canal por cable, no tenía que pagar para estar allí, sino que había sido contratado por ellos. En el programa realizaba un monólogo de humor acerca de la vida cotidiana y luego podía hacer una reflexión con respecto a alguna frase célebre. Aunque no podía hablar del evangelio de manera explícita, si podía mencionar valores morales y espirituales. En medio de una televisión devaluada, grosera y sin contenido, sabía que era importante que estuviera allí, demostrando que existen formatos para toda la familia. El programa se llamaba «DNT, the show» (Discurso No Tradicional) y se emitía de lunes a viernes a las nueve y media de la noche. Gracias a ese programa (que por cierto en los inicios me costó cientos de críticas) me contrataron en los Estados Unidos para conducir un show similar por una cadena hispana, lo cual me abrió las puertas a fin de realizar proyectos más grandes en los que continúo hasta hoy.

A mediados de ese mismo año y con mi programa saliendo al aire, la famosa cadena argentina Telefe me convocó para actuar en una novela llamada «El capo», que trataba en tono de comedia acerca de la mafia conformada por las familias italianas. El papel que me ofrecían era el de representar al protagonista, cuyo nombre es Miguel Ángel Rodríguez, cuando era más joven. La productora que nos llamó nos informó que debido a mi parecido físico con este actor, cada vez que él recordara su pasado, yo desempeñaría ese rol. De inmediato consideré el asunto pasándolo por el tamiz de: «¿Esto ayudará a nuestra visión de inspirar a la juventud?» La respuesta era negativa. La propuesta era loable para cualquiera otra persona, pero no para alguien que tiene un destino claro y definido. Se trataba de una ficción donde no iba a poder aportar nada a la historia que no fuera lo que ya estaba en el guión original, por lo que entendí que no era mi lugar y rechacé el ofrecimiento. «Quiero que comprenda que muchos actores calificados querrían esta oportunidad», decía la mujer que me llamaba, «solo quiero que lo considere. Usted no es famoso y lo estamos llamando de Telefe, es algo que no puede desaprovechar». Pero lo cierto era que no coincidía con mi propósito y, por consiguiente, no me acercaría a mi destino.

No obstante, otras veces me han llamado para dar conferencias en algunas iglesias católicas. O una charla motivadora a un grupo de empresarios completamente ateos. O en iglesias adventistas. O a empleados de compañías de cualquier especialización. Y entonces no tuvimos que preguntarle a Dios. Solo ver si la agenda estaba disponible. Si mi llamado era inspirar y afectar de modo positivo a la mayor cantidad de gente posible, y si además me daban la libertad para hablar lo que quisiera, sería ilógico que le preguntara al Señor si debía aceptar. No me importaba si esto les caía bien a mis hermanos evangélicos. Dios nunca me dijo que le agradaría a todo el mundo. Lo esencial es que cumpliera el propósito por el cual fui llamado.

Cada vez que bajes de la barca, correrás un riesgo. Cada vez que obedezcas una orden divina o simplemente te lances a hacer algo porque crees haber sentido el suspiro y el anhelo de Dios, pondrás en juego todo lo que eres y lo que tienes. Sin embargo, no existe otra forma de hacer las cosas, nadie que haya pedido garantías ha logrado dejar una huella para las siguientes generaciones. Con lo único que cuentas es con el favor de Dios, nada más.

Una vez un pastor me preguntó si al decirles esto a los jóvenes no corría el riesgo de enviar a algunos audaces a hacer cosas que necesariamente Dios no les estaba pidiendo. «Es una posibilidad», le dije, «pero aun así estoy seguro de que el Señor prefiere a una decena de arriesgados que se hunden en el intento y a los que tenga que rescatar en medio de la tormenta, antes que a miles que observan cómodamente desde la barca mientras le piden “confirmaciones” a Dios».

Tú decides a qué grupo pertenecer.

Anuncios

1 thought on “La vieja excusa de esperar la voluntad de Dios”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s